Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



 

La desesperación y el cuervo

Por: María Cecilia Sánchez

 

Al principio fue el grajo. Y luego el examen.


Kafka significa cuervo, examen significa indagación de un hecho o de una cualidad. Indagar, a un lado de cualquier academicismo, significa preguntar. Describir el encuentro lector con los diarios del escritor checo, supone ser guiados por él mismo, de a poco, con los días, con los años señalados. Van apareciendo los puntos, las causas, los hechos preeminentes que lo obligaron a llevarlos al papel, y así, es inevitable que nos instalemos en un diálogo tardío y extraño, descolocados de la comodidad del análisis externo, para sumergirnos en una interioridad donde pareciera que uno solo de los participantes –Kafka escritor o fantasma- formulara las preguntas y las respuestas.


Es irresponsable viajar e incluso vivir sin tomar notas. El sentimiento fatal del paso monótono de los días es imposible.


Toda lucha contra el tiempo es lucha contra sí mismo. ¿Qué otorga legitimidad al examen? únicamente el juicio adquirido y sostenido en sufrimiento.
Es totalmente cierto que escribo esto porque estoy desesperado a causa de mi cuerpo y del futuro con este cuerpo.
Nombre, cuerpo y escritura, tres aristas de la estrella que desprende brazos de luz en cada aspecto tratado por Franz Kafka en sus diarios. Los amigos, el silencio, el amor, el aburrimiento, la enfermedad, el teatro yiddish, el judaísmo, el antisemitismo, la risa… Pero he aquí que, allí donde se supone una condición religiosa, unión y reunión, todo es extrañamiento. De los otros y de sí mismo.
Qué lejos están de mí, por ejemplo, los músculos braquiales.
[…]
¿Qué tengo en común con los judíos? Apenas si tengo algo en común conmigo mismo, y debería meterme en un rincón, en completo silencio, contento de poder respirar.

¿Y por qué?

El mundo tremendo que tengo en la cabeza. Pero, cómo liberarme y liberarlo sin que se desgarre y me desgarre. Y es mil veces preferible desgarrarse que retenerlo o enterrarlo dentro de mí. Para eso estoy aquí, esto me resulta perfectamente claro.
Es natural, entonces, que concurra la Nada. Ahora, después del tiempo, podemos contraponerla a la presencia de su obra. Mientras que la creaba, escribe en sus diarios, a cada tanto:
Hoy, nada. Nada. Nada. Debilidad, autodestrucción, punta de una llama del infierno que atraviesa el suelo.
[…]
Todo se resiste a ser escrito.

El nombre
No soy puntual, porque no siento las angustias de la espera. Espero como un buey… El simple hecho de que, cuando niño, tenía un gran temor nervioso a la espera, permitiría deducir que estaba destinado a algo mejor, pero que adiviné mi futuro.
Formas de la desesperación, en las palabras, en los encuentros abocados al desencuentro, en la comodidad que incomoda, en la risa que es reproche, en el abismo abierto de tajo entre aquel que ve con ojos de viajero –siempre extranjero- y un mundo que se juzga a sí mismo permanente, imperecedero, aún escuchando los gritos de su propia destrucción en las consignas políticas, nacionalistas, en el fervor mercantilista. 
No creo que haya gente cuya situación interna sea semejante a la mía; sin duda puedo imaginarme gente así, pero no puedo imaginar ni remotamente que, en torno a sus cabezas, vuele constantemente este cuervo misterioso que vuela en torno a la mía.
Visión de mundo que define el de Franz Kafka en la escritura como única salida, describirlo le dará además “el misterio, la extrañeza, el peligro” de salir de la fila de los asesinos. Está hecho para que escriba y a la vez desplace “todo lo demás al terreno de lo accesorio y se ha atrofiado de un modo terrible, y no cesa de atrofiarse […] Vuelvo incansablemente hasta la cumbre de la montaña, pero apenas si puedo permanecer un instante en lo alto. Otros vacilan también, pero en regiones inferiores y con mayores fuerzas; si corren peligro de caerse, los retiene el pariente que camina a su lado con este fin. Pero yo vacilo allá arriba, y no se trata desgraciadamente de la muerte, sino del eterno suplicio de morir”. En otra parte apunta que Sísifo era soltero.
Vivir por la obra es morir. Y aunque el seguimiento del diario se impone como deber, y aunque hay una mirada que insiste en hallar un punto de redención “no será de este cuaderno de donde venga; vendrá cuando esté en la cama y me tenderá de espaldas, de modo que quedaré acostado de un modo hermoso, ligero y de un color blanco azulado; no habrá más redención que ésta”. Del abismo surge un gran ruido, son las voces de los otros, el ajetreo de las ocupaciones ajenas y el fastidio de atender la oficina, donde, “por culpa de tan miserable documento, he de robar un pedazo de su propia carne a un cuerpo capaz de tal felicidad [de escribir]”. Pero el extrañamiento es más fuerte, y aunque el cuerpo se retuerza en la búsqueda de la palabra precisa ante documentos aborrecidos, el ruido se aleja: “Cuanto más profunda es la fosa que uno se cava, mayor es el silencio, menos temeroso se vuelve uno y mayor es la tranquilidad”.

El cuerpo


Dormir, despertar, dormir, despertar, perra vida.
Un mundo al revés no es desorden, es otro orden, muchas veces considerablemente respetuoso de aquel al que busca oponerse. Los sueños descritos por Kafka no adolecen de ninguna de estas dos cómodas circunstancias. Allí el cuerpo debe acurrucarse sobre el asiento y apoyar la mandíbula sobre el respaldo, si quiere ver algo en el teatro. O sentarse en sillones de mimbre, ubicados mar adentro, para ver a Nueva York.
Quizá cuerpo más vivo que nunca, enterado de sus fronteras internas, cada movimiento se torna esencial y así se aspira a dejar “todo de sí en una palabra”, pero no solamente en ella:
Para lograr una buena conversación hay que pasar la mano, por así decirlo, de un modo profundo, ligero, soñoliento, por debajo del tema a tratar; luego lo levanta uno hasta el asombro. De no hacerlo así, uno se dobla los dedos, y no piensa más que en el dolor.
Se trata, entonces, del cuerpo en la letra. Puesto que en ella se organiza todo, es la desesperación la que habrá de tomar el lugar de guía.
Ahora siento, y lo sentía ya por la tarde, un gran deseo de arrancarme escribiendo todo este estado de desasosiego y, así como viene de las profundidades, hundirlo en las profundidades del papel, o bien dejar constancia escrita de un modo que me permitiera incorporar lo escrito íntegramente en mi interior. No se trata de un deseo estético.
Kafka veía su escritorio como un escenario “mal dispuesto” donde solo el espejo de afeitar se encontraba erguido y lo demás “en toda su actividad posible”, puro movimiento. Y sin embargo, sale a la calle “sin peso, sin huesos, sin cuerpo, he andado dos horas y he reflexionado sobre lo que he conseguido superar esta tarde escribiendo”. En la lectura de Goethe recorre con el cuerpo las acentuaciones en forma de frío y el calor con los cambios de palabras dentro de las frases: “sueño con un ascenso y una caída melódicos”. Y así, encontramos un fragmento escrito durante un encuentro con Felice, en Marienbad:
En una noche muy tempestuosa –el viento arrojaba masas de agua al patio-  por encima de la más baja de las casas-, un estudiante sentado aún ante sus libros en una buhardilla, oyó un fuerte lamento que venía del patio. Se levantó y escuchó atentamente, pero no se oía nada, el silencio era absoluto. «Probablemente ha sido una ilusión», se dijo el estudiante, y volvió a sus libros. «No era una ilusión», decían las letras del libro saltando literalmente. «Una ilusión», repitió él y, pasando el índice por encima de las líneas cada vez más inquietas, las fue calmando.


Siente orgullo a la hora de acostarse cuando se ha comportado “humanamente como hoy en casa de Max, y luego en casa de Baum”. Redención, salvación, ¿es posible que el cuerpo renuncie a la pulsión de aferrarse a la frontera que lo separa de la muerte para permanecer siendo, acá, en la tierra? “Si la enfermedad de los pulmones es sólo un símbolo, como tú dices, un símbolo de la herida cuya inflamación se llama F. y cuya profundidad se llama justificación; si es realmente así, entonces también son un símbolo los consejos médicos (luz, aire, sol, descanso). Agárrate a ese símbolo”. Mas, como la visión de un mundo tremendo se ha impuesto, ya declarada la enfermedad pasa “Tres días en cama. Un pequeño grupo de gente junto a la cama. Revulsión. Evasión. Derrota completa. Siempre la historia universal cerrada entre las paredes de las habitaciones”.


La escritura
Cuentos y fragmentos de las novelas. Inicios y reinicios de uno y otro y otro. Sutiles diferencias entre tales fragmentos nos hacen releerlos, el ejercicio se repite, pero esta vez no bajo una mirada genial. Entonces volvemos de nuevo al sufrimiento.
Pienso sin cesar en el escarabajo negro, pero no escribiré.


Las lecturas que llevan a consideraciones sobre la escritura. “El hueco que la obra genial ha dejado al quemar lo que nos rodea es un buen lugar para encender la pequeña luz propia. De ahí la incitación que parte de lo genial, la general incitación que no sólo nos induce a imitar”. Las discusiones con Max Brod. La risa con Max Brod. Los viajes. La avidez por los libros. “No tanto por poseerlos o leerlos como por verlos, por convencerme de su permanente existencia en los estantes de una librería. Si en alguna parte hay varios ejemplares del mismo libro, cada uno de ellos me alegra. Es como si dicha avidez partiera del estómago, como si fuese un apetito descaminado”.
Las divisas que lo acompañaron. Una de Schiller, convertir toda emoción en carácter.
Y ya que el cuerpo participa de la cacería,
quiero escribir siempre con un temblor constante en la frente.
El deseo de pureza, visión poética de las “figuraciones que incluso en la imaginación, único lugar donde reinan, sólo llegan casi a la superficie viva, pero siempre deben quedar sumergidas con una sacudida. ¿Quién tendría la mano mágica para meterla entre los mecanismos sin que se la corten y se la dispersen mil cuchillos?”


Si la visión de mundo es desgarramiento, la escritura es campo abierto de la duda. Para esto estaba en el mundo, le resultaba perfectamente claro. Nunca abandona el tono de la incertidumbre: “Porque eso de que mañana he de escribir algo bueno no puedo creerlo”.
Mientras se crea, no se está en ningún lugar. Y como en ningún momento dio por sentado que había logrado algo, la pregunta que repite es herida que asoma mirando directamente al mundo: “Hay posibilidades para mí, sin duda, pero, ¿bajo qué piedra están escondidas?”
Sería necesario transcribir el libro de diarios de Kafka para dar una perspectiva fiel a sus reflexiones sobre la escritura. Cada línea resulta esencial. Cada punto, un momento insoslayable. Hasta la muerte.
Cada vez me da más miedo escribir cosas. Es comprensible. Cada palabra, retorcida en manos de los espíritus –este impulso de la mano es su movimiento característico-, se convierte en una lanza dirigida contra el que habla. Y muy especialmente, una observación como ésta. Y así, hasta el infinito. El consuelo sería sólo: Ocurrirá, quieras o no. Y lo que tú quieres, te sirve de bien poco. Más que un consuelo, sería esto: También tú tienes armas.


última entrada del diario. Y vuelta al principio. Sísifo debe volver abajo cuando está en la cumbre.
Al principio fue Kafka. Y luego, encontrarse con lo hecho en el cuerpo. Huido de él, por tanto, explayado en el mundo:
Aunque en el hotel escribí mi nombre con claridad; aunque me lo han escrito dos veces correctamente, sigue figurando el nombre de Josef K. en el registro de abajo. ¿Tengo que explicárselo, o he de dejar que ellos me lo expliquen a mí?



Franz Kafka. Diarios (1910 – 1923). Barcelona: Editorial Lumen Tusquets 1995. 439 páginas.

 


 

 

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