Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



Cucas Bar
Yudit Josefina Cedeño

Getsemaní, donde comenzaron sus días es un barrio con historia e identidad, morada de la gente humilde de la Ciudad amurallada y  donde los platos de la abuela  son un  punto de referencia culinaria para los comensales del lugar.
Los artesanos, obreros del puerto y paisanos en general  degustan  los ricos platos caseros que se preparan en el Savoye. Hasta algunos turistas  se arriesgan a probar el producto de esos fogones, pese a los comentarios que se hacían en torno a la inseguridad del barrio.
La casa era de dos plantas con balcones y grandes ventanales  desde donde se divisa la Ciudad amurallada que se abre hacia el Caribe y el mundo, en la planta baja  queda el Savoye que aunque  francés sea el nombre, el producto no lo es.
El padre era obrero en el puerto, la madre cuidaba de los hijos pequeños y ayudaba a la abuela en el negocio familiar. Inocencia estudia y trabaja los fines de semana en una joyería que queda por el centro, donde venden piezas de oro y  esmeraldas certificadas.
En las tardes cuando venía de clases siempre se daba un paseo por el puerto y bajo la excusa de esperar al padre, aprovechaba para tertuliar de cualquier tema con  las amigas. En especial de los turistas, a los cuales sentía  lejanos, siempre buscando cosas que comprar y  poco interés por conocer o aprender de las costumbres de los lugareños.
Las amigas son  palenqueras, sus  vestimentas  tienen los colores del trópico que les contrasta con la tez morena o aceitunada. Turbantes vistosos, hermosamente colocados adornan sus cabelleras que denotan su ascendencia africana.
Accesorios penden del cuello y orejas confiriendo más hermosura a esos rostros alegres de dentadura blanquísima. Sobre la cabeza, o a un costado, poncheras de aluminio con frutas de la temporada que ofrecen al visitante, que viene en crucero turístico por la ruta del Caribe.
Su abuela también fue palenquera, hasta que conoció a un turista con otras luces y visión del mundo que se enamoró de ella y de Cartagena. No volvió más a su Francia natal y yace en el cementerio local. 
Como todos los domingos el padre la recoge en la joyería, ese día trágico cuando entra a buscarla, no se percata que están robando y al ser confundido con un policía, los ladrones le quitan la vida.
De un momento a otro les cambia la vida, habían quedado solo tres mujeres y los niños.  La crisis les toca duro y la madre la manda a Venezuela donde una prima, que tiene un salón de belleza y una situación económica  prospera.
Despierta, por el ruido que hacen los cauchos del autobús al desplazarse sobre la malla de acero y pregunta al joven que va sentado a su lado:


      Disculpe, cual es el nombre de esta Ciudad?
A lo que el joven responde con prontitud, Ciudad Bolívar señorita.

 

Desde el puente puede observar una ciudad parecida a la Cartagena que lleva  guardada en la imaginación, pese a que en ésta hay una mezcla diferente de estilos arquitectónicos: moderno, antillano y colonial  conjugados en el espacio.
Las fachadas son multicolores, calles angostas y empinadas. La Ciudad está frente al río y la separa un malecón que culmina en un antiguo puerto, que sugiere una actividad comercial intensa en sus tiempos.
Al fin ha llegado al terminal de buses de Puerto Ordaz, busca temerosa con la mirada a la prima Mariana, así pasa una hora hasta que un viajero deslumbrado por la belleza morena de  cabellos ensortijados, le ofrece el teléfono para llamar a la prima quien se llega horas más tarde con cara de sueño y resaca.
Después de asearse y comer un poco se acuesta a descansar por tantas horas rodando por esos caminos infinitos. Soñó sin parar como si fuera una cadena de episodios interminables, hasta que una dulce fragancia la despierta, es la prima que se arregla y se despide con un beso,


     Mañana hablamos,  dice
En la tarde del día siguiente, Mariana con el rostro algo descompuesto por el trasnocho, le confiesa  a Inocencia que no es cierto que tenga algún salón de belleza. Tiene un Bar. Cucas Bar, así se llama el antro de su propiedad.

 


      Mariana, no vine a Venezuela a trabajar de prostituta. Eso no fue lo que prometiste a mamá, dice Inocencia con cara de susto.
Es lo que hay y fue lo que hice cuando llegué. Tendrás que irte de mi casa porque no puedo mantenerte, afirma Mariana.

 


Inocencia llora amargamente mientras se viste con la ropa y accesorios que Mariana le colocó sobre la cama. Llegan al Cucas Bar, hay un salón grande con pista de madera y dos tubos metálicos a los lados. Butacas y mesitas que hacían juego, al fondo una barra toda en madera de pardillo. Lateral a este, un pasillo donde quedan las habitaciones.
En la barra muchachas jóvenes con vestidos sugestivos, conversan muy amenas. Otras chicas ingieren bebidas alcohólicas y se besan con los clientes, que como pulpos metían  manos  por todos lados.
En otra un viejo barrigón, roncaba recostado a la columna y se lanzaba pedos podridos, por lo cual dos fornido hombres vestidos de negro intentaban sacarlo y acostarlo en su carro, que ya conocían por ser cliente asiduo.
Pasado un mes, solo conversaba y simulaba tomar tragos con los clientes y Mariana no estaba conforme.
         Una noche un connotado político de la Ciudad llega con su hermano,  le preocupa que al joven universitario no se le conozca novia alguna. Quiere contratar los servicios de una dama del sexo que maneje el kamasutra al derecho y al revés. Al menos se conformaba le hicieran la posición del Ascensor, la Araña o el Trono del Rey, para ver si el muchacho se espabila, le decía a Mariana, quien ofrece a la recién llegada de Cartagena, de harta experiencia según ella.


Inocencia esta aterrada cuando entra a la habitación con Mestre, que era el apellido del joven. Ninguno sabe que hacer  al estar solos, Mestre queda  gago y entra en un solo temblor. Por fin, cuando se atreve a hablar le dice: Inocencia, soy Gay y si le digo a mi Hermano, es posible que me mate.


A partir de ese momento ganó  un nuevo amigo, hizo feliz al hermano de Mestre y mantuvo contenta a Mariana, porque el joven la visitaba cada noche.
Mestre se encargaba de decir que no había mujer más experta y exquisita en la cama, que tenía los genitales más dulces que la miel de Caripe y los senos con sabor a agua de coco tierno y ritmo cadenciosos en sus caderas. No había hombre más complacido.
Otra noche llega un alto gerente de una de las empresas siderúrgicas, quiere a Inocencia, porque es mucho lo que se habla  de su experiencia en el arte amoroso y esta dispuesto a pagar el  precio.


Inocencia piensa que ahora si le llegó la hora y que la van a correr sin haber reunido dinero suficiente para abandonar el Cucas Bar. El hombre  lleva un maletín ejecutivo y eso le asusta por desconocer su contenido.


Entra al baño y ella se queda sentada en la cama esperando y rezando, de repente sale y su boca se abre ante tamaña sorpresa. José, que así se llamaba el alto gerente tiene su secreto: le gusta vestirse de mujer. Una angustia menos. Siempre le visitaba con distintos atuendos en el maletín para desfilar, bailar y conversar.


Miguel, hijo de un prospero comerciante  de materiales ferreteros de la Ciudad visitó el Cucas por la despedida de soltero que le organizaron los compañeros de trabajo, esa noche sus miradas se encontraron por siempre.
Las chicas realizaron fantasías y bailaron en los tubos semi desnudas algunas; las más viejitas como siempre de osadas, lo hicieron como Dios las trajo al mundo. Asimismo  quedaron en ropa interior algunos de los invitados a la despedida. Así era la vida en el  Cucas Bar.
   Inocencia esta en la popa del Barco con la mirada fija en el infinito, ahora las aguas del Caribe se semejan a las esmeraldas por su tono y pureza. Los rosas,  azules y grises que colorean el atardecer, son pinceladas de  libertad. Las olas golpean al barco zarandeando sus silencios y alborozando su espíritu. Una mano toma la suya con suave apretón, es Miguel. Cartagena comienza a divisarse en el horizonte.

 

 


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