Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



Crecí en un ambiente particular

La brecha mediática, mi corazón y yo

Por: Astrid Flórez


Crecí en un ambiente particular, de eso no tengo duda. Cuando cumplí 13 años mis papás optaron por anular el televisor y la radio durante una muy buena época de mi adolescencia, tiempo que me pareció una eternidad y una arbitraria decisión.


Teníamos un grande y viejo televisor de perilla para cambiar los canales, era color café imitación madera. La imagen debía sintonizarse manualmente con una antena que acomodábamos mi hermano y yo aleatoriamente sobre el tocador, una silla o la pared, hasta que alguien pasaba y la tumbaba casualmente, ganándose nuestro más profundo repudio por la pérdida instantánea de horas de esfuerzo en ganar la mayor claridad posible.


Cuando avanzábamos en claridad había que empezar la fase dos: mover un botón en la parte de atrás para que la imagen se mantuviera quieta evitando unas rayas negras horizontales que podían marear a una estatua. Esta segunda fase requería de dos personas, puesto que el televisor era tan grande que nuestros brazos todavía adolescentes no alcanzaban a rodearlo del todo.
Muchas veces tuvimos la fortuna de lograr ver televisión, de cuadrar la imagen antes de que mi mamá llegara y diera la orden perentoria de apagarlo para empezar las tareas del colegio. En otras ocasiones desistíamos de la hazaña de ver televisión y lográbamos sintonizar una emisora a través de un radio de carro, un recuerdo del renolcito seis que tantas alegrías nos dio.


Así fue, en la casa no hubo televisor ni radio durante muchos años. El radio de carro fue adaptado por mi papá y ubicado en la gran mesa blanca del estudio, regalo de unos tíos que huyeron a los Estados Unidos en busca del “american dream”. Así que cuando me sentaba a cumplir con los deberes escolares mi gran compañía era ese pequeño radio gris, que por esas casualidades de la vida solo sintonizaba a.m. Ese radiecito me enseñó el amor por la música de viejoteca, la emisora Ecos del Palmar fue mi salvación. Mientras todos mis amigos oían el tan sonado rock de 88.9, yo me sentía como una especie de mujer cubana de los años 50 encerrada en el cuerpo adolescente de una sierva medieval.


Sin radio ni televisión, tuve que refugiarme una vez más en los libros. Salir a pasear, subirme a  un árbol, nadar, recibir el sereno de las seis de la tarde o cualquier otra actividad normal que para la gente de mi edad representaba un extremo riesgo en mi vida: no solo por el peligro que suponía estar en la calle según la idea de mis papás, sino porque el padecimiento de asma hasta los 5 años me había enseñado que  era mejor no provocar esa furia asfixiante de mis pulmones. Poco a poco mi personalidad miedosa se fue configurando y atrincherando en lo más profundo de mi ser para liberarse a través de las más valientes historias que los libros me prodigaban. Allí no había riesgo de que me robaran, el oxígeno circularía perfectamente por mi cuerpo y podía moverme con toda la libertad que me diera la imaginación.


Empecé entonces a vivir mis vidas junto a los personajes más extraños: adoré a Momo, odié con profundidad los conejos de Alicia y su maldito gato; juré nunca en la vida pasar de la primera página de cualquier libro obligado, como desde cuando me tocó leer el Principito, -por supuesto obligada- en tercero de primaria; desde la resistencia, descubrí que podía ser una feliz lectora, dueña de mis contenidos, de mis escenarios, personajes y caminitos.
Sin embargo, no todo fue maravilloso.  Hubo muchos días en que se me agotaron los libros de la biblioteca de la casa, sólo quedaban los de ciencia e historia que tanto detestaba por su frialdad de números y gráficas incomprensibles, por su pesadez de experimentos há-ga-lo-us-ted-mis-mo que me obligaban a asomarme al horrible mundo de los riesgos. Esos fueron días en que me invadió el tedio, la ira, la frustración de no tener ni radio ni televisión.


Pero vino de nuevo a mí una salvación: el inigualable arte de la contemplación, de sentarse a hacer literalmente nada, a mirar el techo, ese ver pasar las horas en la más absoluta quietud que mi mamá tanto detestaba y solía romper con un “póngase a hacer algo, aproveche el tiempo”, mientras yo solo podía pensar que ya estaba haciendo lo que mejor podía para aprovechar cada instante: gozar de la nada. ¿Qué otra cosa me daría más conciencia de la vida, de la muerte y  del mundo que alejarme de su ciclo, como abstraída en una burbuja sin dios, lugar o tiempo? Allí fui dueña de MI nada.


Empecé a confabular muchas de mis búsquedas en esos momentos de ocio. Quise saltarme las barreras que me eran impuestas, quise moverme con mis propias decisiones, quise correr hacia el destino que yo eligiera y me fui convirtiendo en esa mujer un poco anarca que soy, también desde mis luces y oscuridades.


El regreso a los libros me acogió con algunos clásicos de la literatura, del surrealismo latinoamericano, de las aventuras de Quincas Berro Dagua, emprendí el viaje por la América del Sur: recorrí pampas, selvas, favelas, montañas nevadas y numerosos paisajes que nunca había visto.


Para entonces, mi madre ya había decidido comprar un televisor a color con canales internacionales y me sentí nuevamente un ser humano. Mientras yo me maravillaba viendo el lindo rosa de la Pantera Rosa, el café de Jerry y la cresta morada del correcaminos, mis amigos alquilaban películas para el VHS, compraban cd’s y lucían los primeros celulares de sus papás.
Así se instauró la brecha digital en mi vida. Aún ahora estoy descubriendo las maravillas de tener por primera vez un radio en el celular mientras que para todo el mundo es normal el ‘uatsap’ y el ‘gepeese’. 


Aunque juré nunca hacerle lo mismo a mis hijos, hoy no tengo nada que reprochar. Gracias a mi adolescencia de letras y no de imágenes prediseñadas aprendí a mover mis antenas para ganar en mi propia claridad y percibir señales del más allá. Entendí que solo la música toca directo el corazón y es más poderosa que cualquier arma o posesión. También dejé de temerle a la nada y a la quietud, que son como dos formas de morirse en este mundo alocado, dispuesto a convertir ilusoriamente hasta el tiempo en oro. Y sin el miedo de la muerte -tal vez el único del que me liberé- pude entonces comprender otras aristas de la vida misma.


En cambio, seguí guardando los temores, pero convertí a los libros en mis mejores aliados, porque no hay miedo invencible por fiero que sea, que no pueda ser doblegado en el campo de batalla, si se lucha contra ellos desde las ideas. Gracias querida brecha tecnológica por otorgarme el divino placer de la lectura. Gracias de corazón.  

 


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