Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



 

Corazones rotos

Por: Alejandro Jiménez Schröder

Bajo el silencio de la luna llena
una sombra clausuraba el amor,
y con una mirada de reojo callaron dos corazones.

El silencio entre los cuerpos
se convirtió en terribles palpitos;
mientas sus corazones,
se desmoronaban como castillos de arena.
y así, el mundo cesó.

Todo era ahora más complejo; la demora que había entre las miradas
intentaban ausentase de aquel lugar con un viento doloroso y cortante.

Ignorando a todo y todos en el mundo, el amor que los unía,
se convirtió en frío y sufrimiento.
Uno al otro se lastimaron, y luego de un rato
crearon una tras otra palabra sin sentido.
El sentimiento que latía en el amanecer
había culminado al pasar del alba al ocaso con una herida fatal.

Entonces treinta palabras se dijeron, quizás unas más unas menos,
pero estas fueron las necesarias para contraponer
las miradas de ambos y sacar de la joven
un par de lagrimas…

Al distanciarse sus figuras, nuevamente el mundo colapso,
Era un segundo final.

En la joven los ojos danzaron un par de veces sobre
su pupila y como de los ríos invocando el agua que la vio nacer.
Todo esto la hizo caer sobre el piso de rodillas.

El llanto se hizo más intenso y consecuentemente
con el amor que aun sentía la mujer,
hizo que siguiera llorando sobre las lagrimas.

Doce vueltas de sol y sin mirar el reloj
el tiempo se devoró a si mismo como nunca
sin calmar los lamentos de su corazón.

Como viento silencioso, ante ella se plantó un sujeto sin igual.
Sus cuarenta y tantos años le esbozaban una figura metafórica.
Provisto de una cabellera de nieve que bailaba de un lado a otro.
Sus arrugas pequeñas se asomaban entre las manos
y sus ojos profundos como el cristal inspiraban calma.
Aquel hombre maduro, de manos secas y ojos profundos
inclinó su cuerpo hacia la joven y miró sus húmedos ojos.
Limpiando del rostro de ella un par de lagrimas
el sujeto la consoló…

Nuevamente una lagrima intentó escapar, pero aquel hombre la sustituyo
Con una sonrisa.
Con su mano termino sobre su espalda y al mirase fijamente a los ojos,
la chica dejó de llorar.

Sus labios secaron el dolor, y las heridas sanaron mientras el
resentimiento que sentía de aquel vacío amor
iba desapareciendo tiempo a tiempo.

Ambas siluetas llenaron el vacío de la joven y su luna
sobre el umbral de la casa los aguardó por horas hasta el anochecer.

En la oscuridad de las estrellas
sus ojos danzaban con la música del piano entre las sombras
mientras estos se hallasen oscuros y segados,
y sus manos exploraban curvas y texturas.
Sus dedos con voracidad se movían sin más razón
que el anhelo de calmar el silencio.

Ante la puesta del sol, su vida cambió.
El nuevo amanecer había regalado al alma de ella
un amor más bello
el visto ayer.


 

 

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