Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad




CONVIVENCIA TRIANGULAR

Por: Alberto Fernández.                                      

 

Imaginaba que ella estaba a su lado. No era posible. Había muerto hacía diez años. Su sombra conservaba aún la fresca tersura de una piel juvenil y la fina cintura que ceñía con su brazo. Sin embargo, esa quimera era el gran impedimento para una plena liberación; obstaculizaba nuevas relaciones amorosas. A cada instante se hacía presente cerrando el paso a una incipiente vida ¿Era ella capaz de verlo a él? Cuando dejó su morada, el hueco se convirtió en delirio. El camino a una existencia plena se curvó entonces en laberinto custodiado por un espectro

La función empezaba en cinco minutos. él se sentó junto a Susana, su nuevo amor. El murmullo se ocultaba cada vez más en los rincones.  Las luces languidecían, segundo a segundo, hasta preparar el ámbito oscuro del teatro. Los músicos, iluminados, arrancaban de sus instrumentos sonidos inconexos, irritantes. Parecía que ejecutaban el contrasentido de las melodías que pretendían escapar de los atriles. Después del silencio y la penumbra los acordes transportaban a órbitas desconocidas. No estaban solos.

Recordó que llegaba, con lo que hoy es una silueta, al concierto.  Las miradas acudían a la blancura de su piel. A su vestido blanco, blancos zapatos. él ignoraba esas miradas.  Desde la cintura la ubicaba en la butaca. El junco encontraba su lugar como si habitara vecino al lago.

Otra vez estaba sentado en la butaca del cine con Susana y de pronto, a través de la penumbra, la sombra caminaba solitaria por los pasillos, desenrollando su blancura de piel.
La figura carecía de vínculos visibles.  Aparecía allí, en el preciso lugar donde estuvo con ella estrechando su cintura. Paseaba por el camino de la ribera. Desde el horizonte del mar se acercaba el fantasma, a paso lento, por sobre las olas aquietadas tras su andar.  Susana le pedía que disfrutara de la belleza de la luna grande que caía sobre el lejano fin aparente de las aguas. Susana le suplicaba que compartiera con ella el indescifrable rodar de los mundos. Pero la imagen espectral se lo impedía. En la habitación, donde los secretos quedan develados, una extraña sombra blanca participaba de las caricias y los placeres del amor. Era una extraña trilogía que no pretendía separar.  Sólo corporizarse virtualmente sobre ellos.

Los espectadores habían envejecido diez años. Diez años los músicos y actores. El Director revelaba en sus espaldas el paso del tiempo. Tan sólo diez años. Lo única que aparecía, con su juventud imperecedera, era ese blanco perfil.  Entró a la sala sin ser percibida. Con la gracia de siempre y la belleza arrollada a su cuerpo. La sala del teatro se colmó de espectadores.  él pensó que no había un solo lugar para ella.  Apareció en la puerta de entrada. Miró a su alrededor con la impávida serenidad del blanco rostro. Subió los escalones y se sentó en el último de ellos. Acomodó su vestido.

¿Cuántos eran diez años? ¿Cómo se medían en el reloj humano? Alternativos veranos, sucesiones periódicas de primaveras, inviernos, superpuestos otoños caían sobre los hombres y las cosas. Los movimientos de los mundos cumpliendo su rutina. Sin embargo, ese agrupamiento singular de los sentidos poseía la virtud de aglutinar pensamientos y recuerdos.

Ese era el tiempo humano.  Continuidad de generaciones que recorrían cada segmento de una línea de ignorado comienzo cuyo apocalíptico fin nadie conocía. Sólo que a él la impronta le hizo un tajo a su trayectoria para no olvidarla. Diez años eran eso en su vida: una convivencia triangular

¿Por qué debía él mirar la caída de la luna grande sobre el horizonte del mar?  Mejor
deleitarse con el perfil de la imagen blanca que transitaba por sobre las aguas.

                             

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