Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



 

Contra relato

Por: Alejandro Jiménez Schröder


Cuatro edificaciones observan con frialdad la plaza de Bolívar. Sus fachadas casi con envidia detallan cada uno de los ladrillos que artificiosamente delimitan un espacio. Casi en el centro, una estatua, quizá ya olvidada, se presenta estupefacta al paso inexorable del tiempo.
Una frase tallada en piedra se hace manifiesta en lo alto de uno de esos edificios. Estructuras robustas y columnas circulares y amplias, son el mas claro manifiesto de la idea republicana que se pretendía instaurar en la Bogota de antaño. Escaleras numerosas y extensas conducen a tres de las edificaciones. Sus pasos bien custodiados hacen gala de la “exclusividad” que tiene esos espacios para las posibles personas que quieran ingresar allí.
La estructura gótica de la iglesia se ve condensada en los arcos que esta eleva hacia el cielo. Sus campanas redoblan de cuando en vez, espantando las palomas que desde hace ya bastante tiempo se apropiaron de la plaza.
Ventanales repetitivos, equidistantes y geométricamente dispuestos, contrastan con los techos de teja de barro, siendo estos un adorno más de la imponente estructura.
En lo alto de una de estas edificaciones, se encuentra cuidadosamente dispuesta una serie de anillos metálicos, cuya única finalidad es impedir que las ignorantes u osadas palomas, se posen encima de la estructura, evitando que nadie, ni siquiera una candida paloma, se encuentre por encima de la institucionalidad.
El señor del carruaje, a un costado de la plaza, espera pacientemente que se aproximen turistas o enamorados a tomar el servicio que presta. Dos nuevos pasajeros hacen su aparición, toma las riendas de su caballo y se dispone a avanzar por la carrera séptima, hacia la calle11, da vuelta a la derecha mientras asciende buscando llegar a la vieja y cuidadosamente conservada candelaria. Busca la ruta más optima para llegar al chorro de Quevedo, mientras las casas de las calles por las cuales transitan, se disponen a dejarse manosear por las miradas inclementes de unos y otros que solo les interesa la apariencia. Las figuras en piedra que se encuentran en varias casas y calles, deleitan a los que nunca las habían visto, haciéndose rutinarias para aquellos que pasan bastante tiempo allí.
Sin el ánimo de entrar en disputas, pero con la convicción de buscar la realidad detrás de las apariencias, los pasajeros inquieren al conductor, para que los lleve a ver la ciudad de verdad, no esos artilugios clínicamente dispuestos para sus ojos. Extrañado por tal petición, no puede mas que sugerir una ruta improvisada, y dirigir su corcel a la calle sexta, para desembocar en ese rió nauseabundo de la carrera décima. Rápidamente su mente identifica los peligros que podría correr. Previniendo un posible robo toma la maleta que estaba ubicada en el asiento de su lado, y la desplaza al lado de sus pies.
El carruaje avanza presuroso por a décima. Las calles y las casas comerciales tamizadas por un hollín oscuro, dan cuenta del daño que ocasiona el trasporte público. Una sonrisa de satisfacción se dibuja en el rostro del conductor. Su caballo no tiene responsabilidad alguna en ese daño.
En las aceras la gente se observa presurosa y un poco agitada. La desconfianza es la moneda de intercambio. Entretanto los almacenes atiborrados de productos se empeñan en ofrecer sus mercancías, por medio de oros que ahora también son mercancías, y esperan a un buen postor que ofrezca una buena retribución por su valor de uso.
Quizá por el azar que determina el cambio de luz en los semáforos, el carruaje debe detenerse en el sitio exacto de la décima con 11. A mano izquierda, las calles, y los espacios que en ellas se circunscriben, parecen estar en disputa entre prostitutas, vendedores, y “habitantes de la calle”. La ciudad parece allí mas oscura, a pesar que es alumbrada por el mismo sol. A la derecha, un camino parece conducir al paradisíaco lugar donde hasta hace poco tiempo estaban.

Dos ciudades, o mejor dos fragmentos territoriales de la misma ciudad, o aun mejor, dos imágenes de fragmentos territoriales de la “misma” ciudad, se encuentran a lado y lado del río que las separa. Pareciese que se mirasen con odio, con resentimiento, y con la amargura que significa estar condenadas a disputarse por aquellos que se atreven, ( o están condenados) a transitarlas.

En el carruaje, desprovistos de alguna protección, se encuentran los paseantes como presas al acecho de esos monstruos devoradores de humanidad. Afortunadamente, el semáforo cambia su color al instante, y pueden avanzar, a un espacio que les demuestre menos frialdad, a un espacio donde la disputa no sea tan fuerte, quizá, a un espacio fingidamente seguro.

 

 

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