Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



Clarita
Por: Valeria Badano  (Argentina)


Habíamos llegado de Tucumán las tres. El papá se había dormido una tardecita debajo de un árbol mientras se hamacaba esperando que el viento lo despeinara. ¡El viento no iba a despeinarlo a él que le gustaba usar mucha gomina en su pelo blanco! Así se lo aplastaba él, y le brillaba, todo ese pelo blanco y abundante hecho pura plata. El papá se durmió esa tardecita y la mamá que ya tenía muchas arrugas y muchas tristezas no quiso quedarse en esa casa vacía en la mitad. La Rosario, en cambio, era joven y hermosa. Tenía el pelo larguísimo, oscuro y abundante. Parecía que la noche se bajaba del cielo a nuestro patio cuando lo usaba suelto. La Rosario era linda, linda y muy joven. La mamá la miraba raro, parecía que algo en la Rosario le recordaba a ella, pero también algo le molestaba, y algo la igualaba conmigo. La mamá nos miraba y suspiraba pero no de tranquilidad, suspiraba y se le escapaba la tristeza. La Rosario, a veces, la miraba y parecía que le iba a discutir, a gritar o a preguntar. Pero no hacía nada, agachaba la cabeza y seguía. La mamá se puso más triste cuando el papá se durmió esa tardecita, la Rosario se quedó como muda, como dormida y como si dormida caminara. Parecía perdida. Yo, en cambio, estaba sola. Nadie parecía poder explicarme por qué el papá se había dormido y no había querido despertarse para tomar los mates antes de la comida. Nadie pudo decirme qué había pasado. El papá se durmió. La mamá se puso triste –más triste que de costumbre-y la Rosario estaba perdida.
La mamá, chica en esa casa grande, empezó a ver que muchos ojos la espiaban, se sentía acechada, asustada. Parecía que los fantasmas iban a comerla. La mamá tenía miedo. Y yo pude entender que la siesta del papá iba a ser larga muy larga. Tal vez temiera dormirse como él -¡y con tanto para planchar!-, tal vez temiera que los ojos que la miraban se transformaran en bocas que realmente pudieran comerla, masticarla, triturarla.
Y los miedos de la mamá fueron ciertos porque ahora que el papá se había dormido, las bocas de las vecinas hablaban con voces fuertes, decían cosas en voz alta que yo no entendía pero que la mamá y la Rosario no querían oír y se esforzaban por no escuchar. Las silenciaban con el rezo rítmico. Murmuración contra murmullo. Y la calle de esa casa ahora medio vacía, se llenó de voces que no se entendían y de las que yo aprendí. Y esa fue mi voz: desarticulada, murmurante, solo sonido en el que cada tanto se armaba una palabrita: “mamá”, “nena”, “agua”.
La mamá, en tiempos más felices, decía que yo hablaba con las palabras de la noche, con las palabras de las hojas movidas por el viento. Ahora ya no decía nada, rezaba cada vez que en la calle las voces de las vecinas nos cercaban como un alambrado de púas.
La Rosario callaba. Era bella pero demasiado silenciosa, sus palabras parecían no querer salir –o no poder salir- de esa boca que antes, supongo, reía. Había una o dos fotos de la Rosario chica y sonriente. Había pocas fotos de la Rosarito conmigo; muy pocas de todos sonrientes. Tal vez algo en mí había traído la tristeza. Tal vez fuera mi mirada achinada y mis palabras iguales a las voces de la noche y a las hojas movidas por el viento.
La mamá, la Rosarito y yo nos fuimos de Tucumán y llegamos acá. Si el papá se había dormido y no podía protegernos de esas bocas que gritaban murmuraciones poco creíbles y de esos ojos desconfiados, era mejor irse. La casa de la tía, bien lejos de Tucumán y de la soledad que había traído el sueño imperturbable del papá, iba a ser un buen refugio.
Llegamos acá y nos fuimos a vivir a la casa de la tía. Era la tía de la abuela, pero la Rosarito y la mamá la llamaban ‘tía’. Yo también la llamaba así, pero creo que ella nunca entendió lo que mis palabras nocturnas y ventosas estaban diciéndole. La tía siempre me sonreía, y le sonreía a la Rosarito y le sonreía a la mamá. Aunque a veces esa sonrisa parecía de lástima, como diciendo ‘pobre’. Nunca supe si lo decía por mí, por la Rosarito, por la mamá o por ella que parecía no entendernos. Tal vez fuéramos todas un poco pobres.
La Rosarito quiso enseñarme a escribir pero mi mano siempre desatenta se conformó con el dibujo enrulado del número dos. Y no me cansé de escribir hojas y más hojas tallando ese rulo-cuello-de-pato, ese rulo-cabeza-de-globo, ese rulo-cola-de-gato que apenas me salía pero que emocionaba a la Rosarito aunque la mamá moviera la cabeza buscando resignación.
Un día la mamá se durmió, y sin que nadie me lo dijera, entendí que había sido para siempre, como se había dormido mucho tiempo atrás el papá.
Los ojos de la mamá, sin embargo, habían peleado con ese sueño que quería atraparla, en esos ojos no había entrega, había lucha, había rabia. Eran como mis gritos cuando me mandaban a  dormir por la noche.  
-Yo me ocupo- le dijo la Rosarito. –Vos, andá tranquila.
Y si el sueño porfiado no la hubiera ganado, la mamá le hubiera gritado que qué iba ella a poder conmigo, si era tan joven, tan inexperta. Tan bella. Pero no pudo gritarlo porque se durmió sin más remedio.
La Rosarito fue buena conmigo. De tan bella que era encontró un hombre que quiso quererla y que también me quiso a mí. A esa altura ella y él eran como mis papás porque me cuidaban. También me quisieron cuando les nació la hija. Un día trajeron un atadito blanco y perfumado. “Es Julia” me dijeron y yo sentí ganas de acariciar esa cara roja. Julia también me quiso. Supo entender mi voz de noche y viento y también quiso enseñarme a escribir. Volví a dibujar un rulo-cuello-de-pato, un rulo-cabeza-de-globo, un rulo-cola-de-gato que señalaba con mi dedo: “dos”, sabía que les anunciaba. Julia reía conmigo y la Rosarito casi casi fue recuperando esa risa de cuando era chica, antes de que yo llegara a la casa y le llegara a sus vidas.
Bastante pronto a mí también me atacó el sueño. Primero me obligó a acostarme y no querer moverme. Ni siquiera las escaras lograron levantarme. Mi voz de noche y de viento, se acalló, fue un silbido opaco. Mis ojos perdieron la luz que se encendía cuando descubría el mundo y mi mirada achinada fue cada vez más errática.
La Rosarito no se separó de mi lado, me acunó, me cantó y me abrigó. Esa hermana mayor pronto fue como la mamá. Tan linda y tan buena.
Cuando finalmente me dormí en esta siesta tranquila para siempre, vi a la Rosarito que lloraba desconsoladamente. No era llanto de hermana mayor, era llanto de madre. Yo la había querido tanto y ella, tan bella y tan joven, sin poder decírmelo, me había amado como nadie. Ni siquiera los abrazos de Julia, su hija menor pudieron consolarla de mi pérdida.

 


 

 

 

 

 


 

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Biografía

 

Valeria Badano (Luján. Argentina). Profesora universitaria en Letras, Licenciada en Letras con orientación en Lingüística, Especialista en Estudios de las Mujeres y el Género y doctoranda en Estudios de las Mujeres y el Género. Narradora, ensayista, dramaturga. Docente universitaria. Miembro fundadora de la Academia argentina de literatura infantil y juvenil. Miembro del Consejo Editorial de la revista literaria Alba de América del Instituto Literario y Cultural Hispánico, California, USA. Miembro Honorario del IFLAC (Foro Internacional de Literatura y Cultura por la Paz), Invitada especial al II Encuentro Interoceánico de Escritoras en Panamá (2010).  Coordinadora-docente de Cátedra Popular de Historias de las Mujeres de la Municipalidad de Luján (2010). Premio Anual Mujeres Innovadoras 2010 en el rubro Letras, otorgado por el Senado de la provincia de Buenos Aires.



Algunas publicaciones de estudio son:
•          Escribir para chicos. La infancia y las escritoras. Una aproximación a las poéticas de tres autoras argentinas. (Nueva Generación 2011).
•          Las otras miradas: Historias de mujeres. Sobre textos de C. Bajo, S. Molloy, E. de Izaguirre, L. Valenzuela y J. Cruz. (Nueva Generación 2009)
•          La voz abismada: el espacio y la palabra. Hacia una teoría semiótica para la consolidación de un género latinoamericano. (Nueva Generación 2007).
Y de ficción para chicos:
•          colección de cuentos de terror Aunque parezcan mentiras (GEA 2010)
•          Lo que ellos no saben y Cuentos increíbles (GEA 2007)
•          “Decires de la palabra perdida. Trilogía en un acto” (Macedonia 2008).
Publicaciones en revistas de estudios literarios. Participante como expositora en más de cincuenta congresos y simposios nacionales e internacionales.
Crítica a la obra de la Dra. Paula Winkler, para ser publicado en Repertorio de Ensayistas y filósofos Ibero e Iberoamericanos, Universidad de Georgia, USA.