Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



CELESTE

Por: Rafael García Ponce

Celeste, así la llamó su padrino al momento de nacer, agregando: “Por lo menos que tenga un nombre bonito, pues en realidad, y viéndola bien está un poquito feúcha”.

Y como si fuera un augurio, sus palabras la acompañaron en su ordinaria vida.

Y así pasaron los años ácidamente sobre ella, nada extraordinario, infancia llena de golosinas y rodillas raspadas; adolescencia y juventud de esforzados estudios y pésimas calificaciones; vacaciones de un fin de semana en el condominio popular de su tía Cleta; título profesional, cédulas de identificación y gestión de un montón de plásticos para medio sobre vivir; registro en la fila interminable de los desempleados, por fin un puesto como ejecutivo de ventas, gestor de cobranza, otro en archivo, conquista de escalafones para que en el transcurso de veinticinco años ocupara una plaza administrativa sentada, día y noche, detrás de un escritorio arrinconado en una oficina oscura; y al final, una espera interminable y codiciosa por lograr una exigua jubilación, que si apenas le alcanzaría para pagar los voraces intereses de su tarjeta de crédito. Su vida amorosa, un amor joven lleno de esperanzas, hermosas flores en el día de San Valentín, promesas de felicidad eterna, dos hijos, divorcio lleno de contra vinientes, y finalmente, un caótico y frustrado contubernio con su flamante Black Berry. Su patrimonio, dos cuartos miserables por los que tuvo que combatir en un mar de envidias y calumnias, dejado de tras de sí una estela de animadversiones y resentimientos con amigos, tíos, primos y hermanos.

Esa mañana se sentó en su banco ergonométrico, frente a su Netbook. Con suavidad dio dos toques sobre la pantalla de plasma; de inmediato se encendió su Home theater, seleccionó una suave melodía de Beethoven, versión moderna metálica, dejó pasar unos cuantos segundos en los que voló imaginativamente y llena de éxtasis, por esos sonidos huecos y sin sentido. Unos roces más para seleccionar una serie de imágenes que se reflejarían en las cinco pantallas de cristal líquido de treinta dos pulgadas, que con mal gusto había colocado en los vértices de las paredes de su habitación, las que le ayudaban a despejar ese ambiente tan pesado y que tanto le gustaba profesar.

Así dilapidó las horas, revolviéndose en su infierno interno, por todas las injusticias, atropellos, menosprecios, desconsideraciones, ofensas, despojos y abusos que habían caído sobre ella. Cuántas madrugadas llenas de somnolencia, cuántos días con el estómago a medio llenar, cuántas ropas desgastadas y a medio zurcir, y cuántos pedimentos y favores negados.

Ya muy tarde inició su obra acompañada con su pocillo lleno de café amargo en las penumbras de una larga noche sin sueño; conforme avanzaba en sus tareas sentía placenteramente cómo se esforzaba su equipo de setenta y siete GB en digerir aquellos maléficos códigos que con destreza maestra estaba ingresando, para darle forma y diseño agradable a las páginas de inicio, de aquel espacio cibernético que lo llamó “Las siete cabezas del apocalipsis”, con sus dos módulos adyacentes y autoejecutables: “Fiesta de negros” y,  “Cena de árabes”.

¡Por fin! se dijo, después de arduas horas de trabajo; y sin más, dejó fluir a través de la pegajosa telaraña de la web aquel complejo artificio que en breve haría que se retorcieran de pánico hasta las últimas células de las fibras ópticas y los módulos de las terminales inalámbricas, y que en poco tiempo les levantaría los cabellos de punta a las más avezados jaquers, encargados de los sistemas de seguridad a nivel mundial.

Miró siniestramente y llena de embeleso su segundo monitor, que mostraba el recorrido de los registros que componían las bases de datos de las grandes corporaciones, los contenidos de las afamadas redes sociales, las del pajarito y el libro de caritas, así como los directorios personales de los más humildes cibernautas, y cómo se iban adulterando los datos, dando respuestas equivocas a las peticiones digitales y contestando y opinando fatídicamente sobre los miles de millones de Email que se estaban gestionando en tiempo real.

Su risa virtual iba llegando poco a poco a los confines del universo, haciendo que temblaran hasta los más acérrimos terroristas, los narcos y los dromedarios políticos, y en ese torbellino de euforia, por fin descargó todo su rencor social y el coraje ahogado de su rebeldía ante la crueldad de la vida que le negó sus derechos como ser  humano, al haberle regalado, como premio, ya al final de su vida, un ojo de vidrio, un grano en la nariz y una pierna de titanio.

 

 

 

 

 

 

 


 

 


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Biografía

Nací en México DF, el 19 de octubre de 1950, me titulé en Admon de Empresas. He cursado extra curricularmente: Creación Literaria, Los Clásicos y Redacción.

 

 

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