Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



 

Art Nouveau #23

Por: Felicia C. Hijuelos. Oct. 2009

A los que mucho desean,
les falta mucho.

Al entrar lo observó de lejos. Ahí estaba llamando por celular, acomodándose con un leve movimiento de sus dedos el pelo lacio y largo detrás de la oreja. Eso la aniquiló.

Caminó directo hacia él. A pesar de que el lugar estaba lleno, la silla que estaba frente a él se hallaba vacía, como esperándola. Se vieron a los ojos y sonrieron. La plática fluía, tanto en común: él, diseñador gráfico y ella guionista. Sin embargo, la charla era sólo el preámbulo. él pasó su mano por su pierna y la acarició como quien toca algo muy delicado que se fuese a romper. Ella se tocó la blusa roja de seda que llevaba puesta y sintió sus senos ya erguidos, dos monumentos adolescentes. él lo notó y le rozó el oído con un murmullo que era también un beso apenas.

Ella lo observaba durante su cita. Con él quería estar, fuera de sí, fuera de todo, fuera como fuera, al fin y al cabo ya no había manera de detener nada aquella noche. él, con pelo largo y una leve separación entre sus dientes blancos. Ella, tacón alto y una falda con motivos plateados, abajo de aquella prenda: sólo la desnudez de una piel tersa, de un vello suave, aromático, y hambrienta.

No hacía falta más plática, se habían visto y reído lo suficiente. Varios martinis  fueron testigos. Salieron del lugar. Ya en el carro no había un plan establecido, la ciudad estaba en calma y los semáforos parpadeaban sin control. El carro avanzaba despacio. Giró a la derecha en una calle donde otros autos  estaban detenidos. Ella le susurró algo al oído al tiempo que le daba un leve mordisco en el lóbulo. él se estacionó.

Ella se cambió al asiento trasero; él la siguió y se postró junto a ella. La besó mientras su cabello al hombro, largo y lacio, se movía en un vals. En la radio se escuchaba a The Police. Sus manos se tocaban a todo lo largo. La blusa de seda hinchaba sus senos que lo alimentaban mientras ella bajaba el cierre de su pantalón de mezclilla. No había nada que decir. él deslizó su mano bajo la falda. Acariciaba su hambre y como niño remarcaba la línea que abría su apetito, ya jugosa entre sus dedos. Como malabarista de circo ya la tenía encima de él, exactamente como a ella le gustaba más. Los tacones rozaban el asiento y la impulsaban hacia delante en un vigoroso vaivén de trapecio.

Ella se movía delicadamente. Entre gemidos casi silenciosos, se sentían. Mojados, besándose. Ella, sostenida de sus hombros; él, acariciando sus muslos y nalgas infinitas. Su gemido fue mayor pero duradero, lo disfrutaba a cada segundo. No había terminado. Una alegría extra pulsaba en esos cuerpos olvidados por todo y por ellos mismos. “Uno más”, le musitó. él sólo besaba su cuello y se bebía a tragos sus senos de colegiala.

Sus cuerpos se habían dejado. Se escuchaba su respiración como una orquesta. Se vieron a los ojos y se sonrieron sin decir más: no había necesidad, ya todo estaba dicho.

Arrancaron y se alejaron de aquellas calles que de manera inédita respetaron su encuentro circense. Llegaron a una esquina. Ella lo besó tierna y se bajó del auto. él sacó una liga y la enredó en su pelo mientras la veía entrar al edificio Art Nouveau # 23.

Ella abrió la puerta del apartamento. Saludó cariñosamente. En la cama estaba él, quien le respondió de igual manera y esperó pacientemente a que saliera del baño. Tras ducharse, su cuerpo tenía un aroma a cítricos. él se quitó las gafas para verla mejor y sonrió con aquellos dientes blancos que también tenían una leve separación en medio. Ella se acostó en la cama y le acarició la cabeza, ahí donde una calvicie precoz mostraba una piel tersa y brillante. Lo abrazó. Embonaban de manera perfecta. Ella no recordó nada porque él estaba ahí. Su todo estaba en esa cama.