Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



APRENDIENDO A CRECER

Por: Carlos Alberto Polo

Los olores tienen la particularidad de transportarte, de enviarte directo a una emoción perdida en el horizonte del recuerdo. Las escuelas en pleno receso despiden un olor muy especial, una extraña mezcla de emparedados trasnochados, jugos, loncheras. El receso se convertía en un lío de gritos, palabras amontonadas y atropelladas, correteo, sudor, una explosión súbita de coros, risas al unísono, pan, mantequilla, gaseosa, jugo de guayaba, leche, frituras, yogur, y demás.

Los más grandecitos armaban sus juegos, yo el invisible, me contentaba sólo con mirar y con las travesuras de los demás. Siempre a la hora del recreo, arrugaban una hoja de papel a modo de pequeña pelota y la lanzaban a rodar. Pacheco gritando << ¡Juguemos al ortigao!>> Y los demás se lanzaban a perseguirla. Los primeros contactos siempre eran parcos y tímidos, nadie quería ser ajusticiado, a medida que corrían los minutos se perdían los miedos, también comenzaban los errores << ¡La peló, la peló!>> y la horda de chiquillos corrían en una loca y hambrienta sed de golpear; la lluvia de patadas era implacable, el ajusticiado tenía que correr a tocar hierro para ponerse a salvo del castigo. Las reglas eran de lo más elementales y básicas, nada complicado, si fallabas o sea una pifia, si la bolita pasaba en medio de tus piernas, llegaba el implacable castigo; para poder terminar con él tenías que tocar hierro y cesaba la lluvia de patadas. << ¡Ortiao!>> Gritaba Pérez y el pobre Muñoz recibiendo el castigo, sin moverse; quieto e impávido hasta que le saltaban las lágrimas. Muñoz siempre fue un chico raro y terco, por lo general no lo dejaban participar, el chico insistía e insistía hasta que lo admitían. Pacheco lo tomaba entre ceja y ceja hasta que lo hacía caer, y el pobre Muñoz se quedaba quieto, lloraba desconsolado y lo sacaban del juego por niña y los gritos << ¡Ortiao!>> << ¡La peló!>> se escuchaban y recorrían locos el patio de la escuela, los castigos seguían cayendo sobre los desprevenidos o novatos que se atrevían a jugar. A Pacheco nadie se atrevía a pegarle en serio. Pérez era tan ágil que nunca alcanzaban a tocarlo, yo miraba y envidiaba esas grandes virtudes. Camacho aseguraba que a él nunca lo ortiaban y que tampoco la pelaba y su zapato sólo se dedicaba a patear sabroso a todo el despistado que caía.

 

Los profesores intentaron de muchas formas desterrar el juego con amenazas y quejas a los padres, pero siempre había un lugar, un momento y los gritos estallaban de nuevo << ¡Ortiao, la peló!>> Y resucitaban las patadas, los berreos. Se presumía que yo era una nena, un cagao, porque nunca participaba en nada, siempre ahí, callado y observando. Una mañana la diminuta bola de papel llega justo a mis pies. Pacheco ruge << ¡Ey Gasparín, tírala o entra si te atreves! >> Pérez interrumpe << Que va, déjalo, ese es un cagao. >> Muñoz envalentonado apunta << Ey tira la bola mejor >> Dejo mi maletín a un lado y pongo a rodar la bolita, todos de alguna manera se confabulan para hacerme caer, Pacheco, Pérez, hasta Muñoz, la bola terminaba en mis pies a cada momento, conocía la mecánica de tanto observar en silencio. Pacheco insistiendo conmigo ¡sahs! Pierde ¡Ortiao! Como siempre las patadas eran casi caricias, incluso se daba el lujo de ir lo más despacio posible a tocar hierro, que por lo general era la reja de la ventana de la vieja capilla del colegio. Para Pacheco era un insulto que un novato e invisible fantasma como yo, lo haya hecho caer, todos se notaban visiblemente fastidiados, pues el duro no podía pasar por esas. Cae Villoria, mi primera patada de verdad, alcanzo a zumbarle unas cuatro, antes de ponerse a salvo, la sensación era fabulosa y el sol y los pajaritos, sí señor, eso era vida. El ataque directo y sin disimulo en mi contra continuaba, entre más fallaban más se empecinaban. Llega la pelota a mis pies, Pacheco grita << ¡La peló, la peló!>> El coro se repite y todos se acercan feroces, rodeándome, intento defenderme << ¿Cuál, cuál, es mentira, cuál? >> Un aguacero de patadas ahogan mis palabras. Pacheco azarando << No sé, la pelaste, corre, la pelaste >> En ese momento ya sabía como se sentía Muñoz, intenté huir, pero una patada feroz en toda la boca toma del orto, me frena en seco, una lágrima irredimible estalla en mis ojos. La cara roja y fiera de Pacheco asomaba una fea sonrisa, un impulso incontrolable hace que reaccione y el agarrón tan fuerte de puños y patadas sólo lo lograron controlar los jalones de oreja, del pastor del colegio y la rectora.

 

Pacheco, el chico más temido de la escuela se llevó por fin su tatequieto, y del Gasparín el invisible, el que no mataba ni una mosca. Aquella tarde de regreso a la casa con el labio superior hinchado y roto, la camiseta maltrecha, el orgullo inflado, hasta una anotación en rojo en la libreta de control y para mí, nada estaba mal, todo lo contrario, cómo cambiaron las cosas a partir de ese día. Pacheco lucía contusiones en su nariz y pómulos, del otro lado de la acera, cabizbajo y silencioso, mientras Pérez y los demás bregaban y azaraban para que volviéramos a pelear. A partir de allí Gasparín el invisible tomó el puesto que ostentaba Pacheco y Gasparín el tímido, terminó siendo más bruto, autoritario y salvaje. Es extraño como un simple olor trae consigo tanta carga de recuerdos.