Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



 

ALGúN DIOS

Por: Esteban Rey

 

Había sido una noche maravillosa. Una de esas que se quedan en la memoria lo suficiente como para que un par de años después, uno las recuerde con gracia, y todos sus detalles.
Abrió la puerta y empujó. En verano, la misma se hinchaba, y Joaquín debía empujarla cada vez que entraba. Pero aquella calurosa noche de enero pasaría a ser un ínfimo detalle, nada por qué reparar con demasiada atención.
(Ojos negros en el cielo de una noche fría)
En el horizonte, un manto de nubes oscuras había formado tropas. Tropas que destellaban el resplandor de una tormenta. Una calurosa tormenta de verano. Pero aun estaba lejos, y avanzaba con sigilo
-Ojos negros...- murmuró melódicamente poniéndose de lado, para dejarla pasar.
(Labios rojos que me hablaban, pero no la oía)
-¿Tienes cuántos años? pregunté- en tono bajo, como en un susurro.
-Ya conozco esa canción- dijo ella con una sonrisa. Dejó su bolso en el respaldar de la silla, mientras él cerraba la puerta de entrada, con una vuelta de llave, como le había enseñado su madre, siendo un niño.
-Es nuestra canción- informó, escrutando su rostro. Desafiándolo a que recordara también el preciso momento en que la escucharon por primera vez, y la hicieron suya.
-1994. ¨El sueño¨. 5 de la mañana. Vos estabas con Patricia, Romina y otra que escapa a mi memoria- dijo Joaquín mirando hacia arriba en posición pensativa y sus dedos índice y pulgar, acariciando su barbilla.
-¡Muy bien! mi vida- exclamó Belén. Luego, le refirió un ademán para que continuase dando rienda suelta a su memoria.
El dedo pulgar de su mano izquierda buscó el lugar donde había estado el anillo de matrimonios, pero solo halló piel.
él se quedó en silencio. Oyendo la suave brisa que en esos momentos comenzaba a agitar la copa de los árboles.
-¿Qué te pasa?- preguntó Belén. Joaquín, respondió lacónicamente.
-No pasa nada.
-Ay, amor, no soy estúpida. ¿De qué te acordaste?- espetó ella, casi con la certidumbre de saber el recuerdo exacto que la mente de él estaba proyectando, como una diapositiva.
-Ya sabés de qué me acordé- dijo Joaquín, elevando apenas el tono.
Ella se quedó mirándolo, parada a un costado de la mesa. Había comenzado a quitarse los zapatos de fiesta, pero detuvo la acción, sabiendo que Joaquín, estaba amasando un recuerdo nocivo. Lo imaginaba con una bomba Molotov en las manos, encendida, de la cual si no la arrojaba a tiempo, estallaría en sus manos, dejando retazos de ambos esparcidos por toda la casa.
Demasiado a lo lejos, llegaban los rumores de los truenos, como un gigantesco perro enojado gruñéndole a la noche tibia y su quietud.
-No sé de qué. Si me lo decís, ahorramos tiempo- dijo ella, despojando su rostro, de toda gracia. Luego, sonrió apenas para continuar.
- Dale mi vida, no tengo ganas de jugar a las adivinanzas, y menos a esta hora.
-Belén, ya te dije, no pasa nada. Dejémoslo ahí ¿Querés?
-No dejamos nada en ningún lado, Joaquín -arremetió ella, sarcástica y distante.
él sabía que a ella no le convenía indagarlo, y menos presionarlo. Sí, la había perdonado. Había intentado olvidar el asunto. Dejarlo en el baúl de su memoria. En aquel lugar oscuro, en donde carceleros lo custodiaban con recelo, pero parecía que su sistema carcelario, no estaba funcionando a la perfección.
(Perdonar, pero no olvidar) dijo la voz de su madre, retumbó en todas las paredes de su cabeza, y salió por la nariz, con un silencioso bufido de aire caliente.
En ese momento, la brisa del exterior se convirtió en viento moderado. Y el canto de los patos de agua se escuchó. El cielo se había cubierto de un color extraño, como de un gris plomizo. Y entre las nubes, luminosos destellos se abrían paso. Y luego, el trueno, no tan distante.
(Te dije que te quedes en la cama, hija de puta, pero no me hiciste caso)
Ella, no vislumbraba ni de casualidad, el remolino que en él se estaba gestando.
-¿Y? decime. ¡Dale amor! -imploró Belén, poniéndose de rodillas frente a Joaquín, para robarle quizá, una sonrisa.
(Pero tuviste que salir, y con él) su memoria era exacta, y no era para menos. Escupía pensamientos como una maldita máquina tirapanfletos.
La tomó con fuerza por debajo de las axilas y la levantó, con violencia sin decir una palabra.
-¡Bueno!, basta. ¿Qué mierda tenés?-, prorrumpió ella mirándolo directo a los ojos.
-Vos sabés qué tengo, ¡hija de puta!- expulsó Joaquín. Ella se puso blanca como un papel. Y la boca a medio abrir, como queriendo decir algo, una palabra truncada a medias.
Las lámparas de la casa pestañearon por un segundo, presagiando un apagón. Ambas miradas recorrieron los plafones de la sala, y se chocaron al bajar.
-Basta mi vida. Lo creí superado-, dijo ella con voz melosa. Se acercó a él para rodearle el cuello con sus brazos. La apartó sin mirarla.
-Yo también- dijo él desajustándose el nudo de la corbata; sentía que el aire le faltaba, como si manos invisibles le cortaran el paso de oxígeno.
-Me revuelve el estomago de solo imaginarte, tocándolo como me tocas a mí. Besándolo como a mí.
Ella notó como su rostro mutaba. Sus músculos se contraían y sus manos se cerraban en puños como piedras.
(Seguro gritabas mientras te la metía. ¡Puta de mierda!)
A medida que se quitaba la corbata y desabrochaba los botones de su camisa, comenzó a caminar hacia la cocina. Lentamente, oyendo el viento, sintiendo el algodón de la remera que tenía puesta su hijo, el hijo de ambos, el día que sucedió lo que sucedió. Oyéndola gemir de placer, mientras su amante la penetraba con furia en algún cuarto de hotel, de 20 pesos la hora.
-Joaquín, amor, ya lo hablamos esto, por favor mi vida- comenzó a decir ella, mientras surcos negros descendían por sus mejillas.
-Como si fuera tan fácil. Como si hablando se resolvieran las cosas, se olvidaran-, dijo él, con más ira que rencor. Su mente se había bloqueado. él conocía muy bien ese estado. Ese Abedul de hiel, lo conocía tanto como a él mismo.
Apoyó sus manos en la mesada de la cocina y encorvó su espalda; estaba agotado. Su mente, sus pensamientos lo agobiaban desde hacía muchos años.
El recuerdo, la soledad.
Sus oídos zumbaban, las sienes le latían como muelas infectadas. Se las frotó con ambos pulgares. Su cuerpo sentía tanto o más calor como en aquellas tardes de verano en que era feliz, cuando eran felices.
Volteó con violencia. Ella estaba detrás, en silencio, observándolo con temor. él sabía que ella temía a su estado, a su otro él, a su mitad meditabunda.
Cuando los carceleros se dormían podía ocurrir cualquier cosa con los prisioneros, pero hasta ese momento, jamás habían salido de su baúl-celda.
Su dolor era tan frágil como los pilotes de una playa a los que la marea alta los tapa por algunos segundos, después de unos momentos, vuelven a ser visibles.  –Es como mirarle el culo a un desnudo- le había dicho su padre alguna vez, refiriéndose a su arranque asesino de pensamientos pasados. –Los fantasmas de las doce de la noche- le había dicho Raúl, su único amigo.
.-Decime una cosa. ¿Por qué mierda saliste aquella tarde, cuando el médico te dijo que tenías que hacer reposo?
-No te lo puedo creer ¿ahora me vas a culpar a mí por lo qué pasó? Recordá que estaba embarazada, no enferma. Aparte, me sentía bien, y era un hermoso día para salir con el nene- dijo ella, cruzada de brazos y observando la aureola de sudor que se le había formado en la camisa a Joaquín.
El rostro blanco de su hijo se adueñó de su mente, recordando su última sonrisa, su último saludo, su última vuelta en calesita, aquella tarde de hacía… ¿cuánto? él lo recordaba. Exactamente 48 meses, cuando ella decidió salir al parque con el hijo de ambos y uno en camino, a pesar de las recomendaciones del médico.
-Recordá que yo era la madre, estoy igual qué vos, o peor- dijo ella, desafiándolo a que respondiera.
(Sí hubiera corrido más rápido)
. Aun sentía el tacto del algodón en la yema de sus dedos. Los mismos que se estiraron a más no poder para alcanzar a su hijo en el mismo momento en que se cruzaba la calle y la bocina estridente de un coche se acercaba como un gran depredador. 
Luego, todo fue confuso. Fue como vivir un gran sueño, como una de esas noches en que uno sufre de fiebre alta, en donde la realidad se distorsiona.
Luego el velatorio. El ataúd pequeño, cerrado, llorar sobre la madera. La conjunción de aromas de distintas flores, las cuales tardaron años en marcharse de su memoria. Y el dolor, el dolor que cada día se hacía más grande y más pequeño a la vez.
Luego, aquel tipo besando a su esposa. Tan resuelto. Aquella misma mujer que había llevado en el vientre a sus dos hijos, y ambos compartían el mismo cielo, la misma nube, la misma memoria, la de su padre, que nunca los olvidaría.
Aquella misma mujer que había dicho ¨sí, acepto¨ aceptaba ante Dios todopoderoso amarlo y respetarlo hasta que la muerte los separe, o la muerte de sus dos hijos.
(Voy a morir) escapó de su mente afiebrada. La observó, impávido pero colérico, muy colérico.
Y ahí estaba ella, con su cuerpo pequeño, sus ojos miel, sus pies descalzos. Ahí estaba él, y también ella, y no había nadie más en la cocina. Ni gritos de júbilo, ni juguetes esparcidos por doquier. Nada.
él la había abandonado hacía tiempo; su mente la dejó cuando su hijo murió, y su bebé escapó de sus vidas por el trauma de su esposa.
También la había visto besar a aquel hombre de traje marrón a cuadros. Pero no le importó. Había perdido a sus hijos. Algún Dios los necesitaba más que él.
Algún Dios.

 

      -Joaquín- le codeó ella. él la observó a través de la cortina nebulosa de sus ojos. Ella no se dio cuenta que él lloraba, lloraba por dentro, sangraba.
-¿Te acordás de esta canción?- dijo ella.
En la radio del coche sonaba su canción, Ojos negros, de Ricardo Montaner.
-Si- respondió. –El sueño. 5 de la mañana. 1994- concluyó con desdén.
-Nuestra canción, mi amor.
No respondió.
La luz del semáforo se puso en verde, y el coche avanzó lentamente por el cruce de la avenida.
él alimentó el silencio entre ambos. Ya no tenía ganas de pensar. Lo había hecho demasiado.
Pero la había perdonado, se había perdonado, pero jamás habría de olvidar el tacto del algodón en sus yemas, las flores y al hombre de traje marrón.
Aun la amaba, siempre la amó. Pero también la abandonó, al igual que el anillo de su anular izquierdo.
Y la puerta que se hinchaba con la humedad del verano. Síntoma de una tormenta. Como en aquel verano en que su hijo llenaba todos los espacios de silencio, con su risa estridente e infantil. Como fantasmas de viejos tiempos.
Tomó la mano de su esposa y la besó. La miró a los ojos.
-Te amo.
Ella le devolvió la mirada.
-Yo también te amo mi vida- le respondió.
El cielo gris prometía brisa, luego viento, luego lluvia. Luego... luego nada. Nada. Solo eso.
Porque algún Dios lo ameritó así.

 


 

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Biografía

Argentina Buenos Aires
Escritor Novelista y cuentista. Músico profesional de jazz. Escritor de diálogos y argumentos para la TV y secciones literarias en periódicos como El Mercurio de Chile y La Nación. Actualmente doy charlas en las librerías de escritura creativa.