Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



ACROSS THE UNIVERSE
Por: Darwin Caballero

Caminando por la calle, un cigarrillo en la boca y una mano entre el bolsillo. Así ando casi siempre, con la mochila en el hombro y los audífonos puestos. Me gusta mucho recorrer el centro, una calle, otra calle, una casa vieja, un callejón solitario, una casa abandonada, una iglesia oscura. El semáforo está en rojo, miro mi cigarro y veo que ya va por la mitad, en esas escucho “…she’s back in the atmosphere with drops of Jupiter in her hair…” y pienso, ¿será que en Júpiter llueve tanto como acá? ¡Quién sabe! Cuando llovía la gente usaba paraguas, guantes, botas de caucho y chaquetas grandes, e imploraba por sol; ahora que hace sol, que los paraguas –con mucha facilidad, hemos de admitir- se han convertido en sombrillas, que las mujeres lucen más sexys en las calles con blusas ligeras y gafas oscuras, la gente pide un poquito de lluvia, pero no mucha, no sea que nos inundemos de nuevo.

Nadie entiende a la gente, y nadie me entiende a mí. Me quejo de todo y de nada, peleo con el televisor y con el computador, viendo fútbol o simplemente las noticias. Soy de esos seres molestos e insoportables que pelean porque el café está muy caliente y quema la lengua, y también pelean porque está muy frío y el café frío es horrible. Soy de esos que no llaman a los amigos así los extrañen mucho. Ese es mi pan de cada día, recuerdo a mis amigos, sonrío, los pienso, recuerdo, sonrío, me dan ganas de llamarlos y saber cómo están, pero no lo hago; siempre tengo minutos en el celular pero no sé por qué no los gasto con ellos. Con todo y eso, hay gente que me quiere, que les tocó acostumbrarse y resignarse a tener un amigo como yo, que olvido los cumpleaños, que prefiero enviar un mensaje a llamar, que no expreso sentimientos, ni alegrías ni tristezas ni triunfos ni derrotas, nada. Que prefiero caminar solo por el centro con un cigarrillo en la boca y una mano entre el bolsillo, con la mochila en el hombro y los audífonos puestos.

El muñequito rojo que se para de pie bajo la pequeña sombra del semáforo ahora se apaga y se enciende el otro muñequito, ese que tiene una pierna derecha y la otra levantada hacia el frente. Todo indica que hay que cruzar la calle. Y, ¿yo para dónde iba? ¡Ni idea! Pero con este calor, me están dando ganas de irme para Júpiter.

Júpiter. La canción decía que había gotas, seguramente de lluvia, si hay lluvia calma el calor. Mucha gente dice que es mejor sentir calor que frío, si hace calor uno se moja o se para frente a un ventilador y se le quita, si hace frío es más difícil. Los pies me pesan más, el cigarrillo ya se acabó y me dejó ese saborcito tan maluco que suelen dejar los cigarrillos en la boca de quienes los fuman. Si estuviera en Júpiter miraría hacia el cielo, abriría la boca, sacaría la lengua y saciaría mi sed, cuando volviera a mi casa de pronto alguien cantaría “… he’s back in the atmosphere with smell of Jupiter in his breath…”, pero estoy acá, en el centro, con este sol sabanero lo único que podría esperar si levanto la cara al cielo y abro la boca es quedarme ciego –al menos por un momento- por los rayos del sol en mis ojos o recibir una porción de mierda palomera. Sería mejor si estuviera en Júpiter. Saltaría por los charcos jupiterianos y salpicaría a mis amigos jupiterianos, besaría una jupiteriana bajo la lluvia y después huiría dejándole el recuerdo y el sabor de mis besos terrestres. Suena bien, pero cada vez que me mojo por rehusarme a usar paraguas estornudo por varios días y mis clases se interrumpen mientras me sueno los mocos. Tome aguapanela caliente, acuéstese temprano, métase entre las cobijas, no salga de noche, no llegue tarde, no fume. Mejor no, mejor no voy a Júpiter. Mejor me quedo acá.

¡Regáleme una botella de agua, y, bueno, un cigarrillo… mustang azul, por favor! Casi no me gusta la lluvia. Si la cuestión es de calor, para esa gracia me voy para Plutón, allá hace frío. Aunque pensándolo bien no debe ser muy bueno ir allá, después que un científico dijo que ya no era un planeta sino un planetoide todos sus habitantes habrán entrado en una depresión profunda, supongo yo. Pasar de planeta a planetoide no debe ser agradable, se debe sentir igual que pasar de jefe a empleado, o de artista a policía, o de arrendador a arrendatario, o de profesor a policía, o de rico a pobre, o de estudiante a policía. Y si la gente en Plutón se estaba sintiendo como policía, con seguridad tratarían a sus visitantes de mala manera: “¿No le alcanzó para ir de visita a un planeta y se vino a este miserable planetoide?”. Ya no serán hijos de Plutón, serán unos completos hijos de putos, supongo yo; al fin y al cabo dejaron de ser habitantes de un planeta para convertirse en habitantes de un planetoide. Ni Júpiter ni Plutón.

Urano tampoco. Si llegara tarde a clase de inglés y me preguntarán “Where have you been?” no podría responder “I’ve been to Uranus” sin reírme frente a mi interlocutor. Es molesto que se rían en la cara de uno, deja a entrever una burla, y que se burlan de uno; y ¿qué responder cuando me digan? “What are you laughing at? Are you laughing at me?” Entre risas y con respiración ahogada diría “No, no, no, of course not. It’s just that I spent the day exploring your anus, digo, Uranus and I didn’t really like it, it’s extremely dry and it stinks… plus, commuting from Uranus to this class was really hard”. Si yo fuera estudiante en esa clase, mi profesor me llevaría en la mala por ese tipo de chistes (tipo pendejo), tendría que pelear mucho y discutir por notas y pedir un segundo evaluador. Si yo fuera el profesor de esa clase, probablemente me sentiría frustrado de no poder hacer ese tipo de chistes (pendejo tipo A) porque nadie en el salón los entendería, o simplemente tendría que abstenerme de hacerlos por respeto a mis estudiantes y decir “There was a traffic jam” a secas, o mejor aún, y más a mi estilo: “It’s non of your fucking business”. Lástima que eso tampoco lo pueda decir. Ni Júpiter ni Plutón ni Urano.

Mercurio tampoco. Si no soporto el calor sabanero de Bogotá, ni el calor rolo paseador de Melgar, ni el calor con buena vista de Medellín, ni el calor del infierno, ni el calor de un bus, ni el calor de un carro con las ventanas arriba, ni el calor de un salón en examen final, ni el calor de una reunión de trabajo aburridora –acaso ¿no lo son todas?-, ni el calor de un sauna, ni el calor de… ¡Sauna! Eso me hace pensar en otras cosas, y, bueno, hay un calor que no me molesta en absoluto. ¡Sí! Ese calor que lo hace a uno estremecerse, ver rayos, relámpagos y estrellas fugaces aunque esté en un cuarto de hotel ¡ese calor! la debilidad de las criaturas de los dioses, la ambrosía del hombre, ese calor ¡ese calor! que nos hace sudar, rasguñar, besar, agarrar, babear, morder, gemir, suspirar, sonreír, gritar, soñar, fantasear, revivir, sentir, desear, querer, amar, ese calor que nos hace olvidar todos los problemas, morir y resucitar cinco segundos después. Ese calor sí me gusta, y para ese calor no tengo que ir hasta mercurio, aquí está bien. Mercurio tampoco. Ni Júpiter ni Plutón ni Urano ni Mercurio.

El pito ensordecedor de una camioneta, de la mano del grito de su conductor diciendo: “Despierte maricón, ¿está en otro planeta o qué?” me salvan de ser arrollado por la camioneta de un chofer de mal genio. Sonrío y digo: “No, señor. Todavía no me decido por ninguno”, y mejor sigo pensando ¡Ya sé… Venus! Venus se llama uno de los canales educativos más famosos entre los hombres, generalmente después de los doce años de vida; para aquel o aquella que sea mojigato y finja no conocerlo, ¡sí! es un canal pornográfico, de los más populares, pero hay que verlo por lado bueno: el porno enseña muchas cosas, enseña cómo hacerlo cuando no hay experiencia, enseña posiciones para intentar en casa, enseña que uno nunca sabe cuando un domicilio o la visita de una prima de tu esposa se puede convertir en un trío, y enseña que si tienes la mente muy abierta cuando encuentres a tu mujer con su amante es bueno dejar a un lado la rabia y los egoísmos sexuales para disfrutar de un menage a troi. La diosa de la antigüedad, que algunos llaman Afrodita, también era conocida como Venus, deidad del amor y la belleza. Por otra parte, pero sin irse muy lejos, dice una parte del título de un libro que “Las mujeres son de Venus…”. Es decir que si me voy para Venus lo único que voy a encontrar son muchas mujeres bellas que querrán tener sexo conmigo, viéndolo así todo está bien, pero habrá amor, se enamorarán, esperarán que les diga que las amo después de hacerlas mías o que las llame al otro día, pero si no llamo a mis amigos mucho menos a una venusina. Así me dé calor del que me gusta, Venus tampoco. Ni Júpiter ni Plutón ni Urano ni Mercurio ni Venus.

Ya me terminé el agua, siento el pantalón pegado a las piernas, las medias húmedas de sudor (sin pecueca, espero), se ven unas goticas mojando la camiseta, y ya no hay más agua. Recordé a dónde iba, un par de cuadras más y llegaré, un saludo, un beso, hola, buenos días, otros dos besos, ¿cómo están?, la oficina: más agua y aire acondicionado, sólo un par de cuadras más. Mientras tanto, sigamos pensando, a ver, ¿qué tal ir a Marte? o ¿aMarte? Son dos opciones. Después de tanto andar por la vida, y de pensar tantas cosas, sé que no quiero la lluvia enfermadora de Júpiter, ni la descortesía emo de los plutonianos, ni hacer chistes pendejos con Urano, ni soportar calores infernales en Mercurio, y mucho menos –así suene descabellado- amar venusinas. He caminado, he corrido, he bailado, he jugado, he amado, he sufrido, he roto corazones, he llorado, he reído, he andado, he soñado, he leído, he escrito, he estudiado, he comido, he cocinado, he hecho muchas cosas y otras tantas he dejado de hacer, la mayoría por no tomar la decisión de hacerlas. Esta vez será diferente, esta vez lo haré, porque es lo que quiero y es lo único que me hace falta, no decidiré ir a Marte, no me gusta mucho el rojo. Quiero ser feliz, sonreír, amar, hablar, caminar, correr, cocinar, estudiar, morder, agarrar, besar, gritar, bailar, soñar, reír, comer, jugar, lamer, rasguñar, gemir, morir, vivir, crecer, y todo lo que traiga la vida quiero hacerlo a tu lado, por eso he decidido, irrevocablemente, aMarte. Amarte todos los días, y de vez en cuando llevarte conmigo, que me acompañes a caminar por el centro, y ahí estaré casi como siempre: con un cigarrillo en la boca y una mano agarrando la tuya, la mochila en el hombro y sin audífonos; hablándote de mundos y planetas, contándote anécdotas, inventándote historias, declamándote poemas, besándote en la boca, y en un día de esos, de pronto nos demos una vuelta por el universo sólo para que cuando tus amigos y mis amigos nos vean llegar canten “… now they’re back in the atmosphere with drops of Jupiter in their hair…

 

Darwin Caballero
Julio de 2011

 

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Biografía

Licenciado en filología e idiomas de la Universidad Nacional y cuentero profesional. Es profesor de inglés, aunque no disfrute mucho su oficio; lo de contar y escribir historias sí que lo disfruta. Ha vivido en Bogotá el 95% de su vida y dice que su ciudad es "caóticamente hermosa". Sus historias y sus textos son una mezcla entre lo tradicional y lo cotidiano, entre lo rural y lo urbano, entre lo decente y lo pudoroso, pero siempre con un toque de ciudad; sin embargo, eso sólo se entiende una vez se le escucha -o se le lee.

 

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