Lapislázuli Periódico - Cuando lo sueñes, se hará realidad



Remembranzas

Por: Yenny Karonlains Alarcón Forero

En las noches, cuando las voces ululan sobre el viento y los condenados arrastran sus cadenas, tiemblo. Doña Floriza sabe que me da miedo.


—¡Baje a tomarse un tintico! —grita con voz desdentada.

Envuelta en cobija cuatro tigres y temblando por las visiones que proyecta el cementerio al lado de la casa, bajo temblorosa.
—¿Sabe? A mi esposo no lo mató el cáncer, lo mató el seguro social… Es que esos desgraciados… —ella sorbe el tinto mientras se le aclaran las pupilas y entrecierra los ojos somnolientos de quien recuerda. —Eso fue cuando recién llegamos, cuando esto no era ciudad todavía…

Me arrebujo en la cobija como técnica contra el frio; me acomodo lo mejor que puedo para escuchar sus valiosas anécdotas.
—En esa época nos tocaba cargar el agua en timbos desde la plaza central, ahí donde dicen que ese conquistador… ese… usted que ha estudiado…
—¿Gonzalo Jiménez de Quesada?
—¡Ese! puso una cruz para combatir a los indios. Ahí había una fuente y desde allá uno arrastraba el agua hasta estas lejuras…

Cuando soplo, el ruido parece inundar la casa de madera. Debo estar atenta a cada gesto, cada palabra.
—De ahí fue que saqué músculo, cuando trabajé en las ladrilleras de Ciudad Bolívar…

Observo por la ventana, la montaña de enfrente parece desafiar a Bosa con sus luces incandescentes.


—Eso sí que fue pesado. —Doña Floriza se acomoda mientras acuna el pocillo con las dos manos para conservar el calor— Figúrese que una vez me fui a trabajar de madrugada, a eso de las tres que era que salían los primeros buses. Le tocaba a uno subir a la estación del tren, ya no pasaba el tren pero el barrio se llamaba tal como ahora: La Estación. Subía uno y cogía los buses que se parqueaban hasta llenar, eso hasta el conductor quedaba amontonado. Como vivo cerquita pues madrugaba a coger puesto pero había gente, que pecadito, que le tocaba parada todo el viaje. Trabajábamos todo el día dándole parejo hasta que se parqueaban los buses de regresar. En esa época Ciudad Bolívar era puro monte, por allá no había ni vacas siquiera, por eso nos cargaban a los de acá, a los de Bosa, a trabajar por allá; como la mayoría veníamos del campo no le hacíamos asco al trabajito. A mí a ratos hasta me gustaba porque como quedaba bien arriba en la montaña uno podía ver el pueblito que era Bosa en ese entonces, se veía lejos de la ciudad y bonito.

Ella baja la mirada, como si quisiera descifrar el destino que guardan las ondulaciones de la oscuridad cafetera.
—El cuento iba a que una vez cuando ya iba llegando del trabajo había un alboroto y las vecinas estaban al frente de mi casa gritando como locas. Me asusté y corrí con el corazón en la mano, corrí como alma que lleva el diablo, si pudiera correr así siempre le ganaría a los negros en la maratón, aunque me conformo con mis medallitas de primer puesto…

Sonríe con las encías mientras mira sus condecoraciones colgadas. Seguramente recuerda cuando corre las maratones dejando atrás a los que ni siquiera sueñan con llegar a sus setenta y ocho años.


—Figúrese que se había metido una víbora a la casa y las niñas estaban que gritaban como locas. Como estaban encerradas para que no se volaran las cagonas, nadie podía entrar a ayudarlas. Yo sólo pensaba en mis niñas. Nosotros vivíamos abajo y el piso era de tierra; cuando entré a la pieza las chinas estaban subidas en la cama gritando, agarré una escoba con cuidadito y ahí sentí a una de las vecinas, una que llamaba Amanda, que entraba con una machetica en la mano. Empecé a silbar porque a las víboras se les llama silbando y ahí mismito salió la culebra, eso era flaquita así como usted y larga la jijuemadre. La Amanda empezó a apuntarle con la macheta y yo sílbele para entretenerla mientras apretaba la escoba, pero las chinas verracas no dejaban de gritar y espantaban a la víbora que no se quedaba quieta, entonces la Amanda le calculó y le metió su machetazo, pero la cortó por la mitad ¿usted sabe que a la culebras toca cortarles la cabeza para que se mueran?

Hago un gesto de negación para responder a su pregunta, luego Doña Floriza continúa.
—Pues eso le cuento. Entonces la víbora se fue para debajo de la cama y la Amanda quedó nula, las niñas griten que griten, vi cómo se trepaba por la pared manchándola de sangre y se le iba a mandar a Andrea, la menor, cuando la alcancé a agarrar con la escoba y la atrapé contra la pared; entonces la Amanda reaccionó rápido y le quitó la cabeza con la macheta. Eso fue mucho reguero de sangre, duré como tres días limpiándolo, eso sí gracias a Dios a las niñas no les pasó nada…

Un segundo de silencio en sus historias siembre se me antoja hermoso. Doña Floriza podría ser una gran escritora si supiera escribir.
—Pues sí, eso le cuento. A mí me han pegado muchos sustos pero nada como el de esa culebra, fue la primera y no la última créame, como el cementerio de al lado antes tenía harto pasto siempre anidaban ahí. Y en esa época no estaba esta avenida grandota con cemento, no. En eso el pasto del cementerio llegaba hasta aquí nestico, al mismo borde de la casa. Por eso es que le digo que no le de miedo, que eso no es nada. ¿Ya acabó?

El tinto termina y con él la visita de cada noche. Mientras entrego el pocillo, me vuelvo a arropar y trato de recordar cada una de sus palabras. Con miedo subo a donde guardo mis letras. Antes de entrar miro al Vecino, como le decimos en Bosa al cementerio El Apogeo; ahí está sepultado el esposo de doña Floriza y uno de mis abuelos.

 


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