Edición No 32. Domingo 29, Marzo 2009|
 

CUANDO DECIDIMOS MATAR EL SILENCIO

¡Shhhhhh! ¡Silencio...! - Ya no recuerdo cual silencio- Intento pensar en el silencio, aquél silencio que salía de tu cuerpo. Ese, que no solo brotaba, sino que parecía llenar toda la habitación hasta extasiar. ¡Claro!, es que antes era más simple escuchar el silencio, pero ahora, todos estos silencios parecen tan vacíos.

Tomé esta mañana unos libros para sentarme a escribir un poco, e inevitablemente terminé confrontándome al mito de la modernidad y a la trágica postmodernidad – Si, aquella que dice que hemos quedado solos, arrojados contra un mundo sin la posibilidad de referenciar a éste con aprioris. Por eso, ahora nuestra vida parece simplemente una parte de la existencia humana, y no como antes, que parecía ser parte del designio de los dioses como en el caso de Aquiles, o de empresas exstencialistas como las de Jean Paul Sartre que en complicidad con el destino pretendían transformar el mundo.

Digo que antes era más fácil porque así lo recuerdo- o por lo menos, cuando lo leí así me lo mostraron, pues como la mayoría de los chicos de mi edad formo parte de la generación del desencanto y la desesperanza.

Antes, la relación entre el sujeto y mundo estaban inevitablemente ligadas con aquella dependiente e intrínseca armonía que se hallaba en todo. Hasta la tragedia estaba marcada por los 3 tiempos y su final previsto con una forma cerrada que unificaba el mundo al tiempo que el personaje se contraponía con los valores del mundo hasta tal grado de no poder conciliar su existencia.

Un mundo donde podíamos creer que el silencio obedecía a una razón vital como parte de la trágica, cómica o romántica visión del mundo – (¿acaso de Antígona no irrumpió entre los silencios al desobedecer a su padre para enterrar a Polinices? (su hermano), y así, configurar su propio silencio que enfrentan las nociones del deber social de su época.

Claro, es que el silencio no solo puede ser visto como la ausencia de sentido; sino más aún puede verse como la construcción discursiva inversa. Cuando el mundo me ponía a escoger entre si debía cruzar por el semáforo, o tomar el puente peatonal, los silencios comenzaban a marcar la relación que establecía con el mundo.

Con el romanticismo la situación fue algo similar. Y luego vino el expresionismo, y el surrealismo, y todos aquellos Ismos que se alimentaron del silencio- es decir, de la necesidad de enunciar desde la visión de un mundo que podía ser dispuesto de determinada manera. Pero ya no es. Fue, el cristal desde el cual veíamos el mundo se fragmentó.

El universo que lograba imaginar transformaciones e ideologías duró hasta el día en que el presente se convirtió en tierra sin futuro. Alcanzaron hacer parte de ese universo mítico los Beatles, y el rock, el rock de los 70`, el fútbol hasta la década de los 90 y la canción social. Las ideas del comunismo, o el sueño de una sociedad creada desde el arte no solo eran un sueño, sino un sueño que se creía posible de alcanzar. Y ahora, los que somos los hijos de la generación actual vemos el desolado terreno baldío, la ausencia de sombra, y todo enmarcado en el silencio que configura nuestra tradición de forma fragmentada de tal manera que no logramos oír.

Claro, es el mismo silencio que nos aturde con los ruidos o susurros de todas esas lenguas, y nos hace creer en la simultaneidad y la inmediatez del Internet, o de todas aquellas construcciones visuales de los medios de comunicación nos han brindado desde el siglo XX. Ahora se por qué antes era más fácil referenciar la realidad.

últimamente, y con el repasar de las últimas décadas el problema pasa de obvio. El arte ya no posee intrínsecos ni fundamentales que lo definan, y por eso es posible ser sin tener que hacer. La sola posibilidad se concibe como una actitud creadora, y el silencio, se resignifica dependiendo del receptor.-El universo ahora sustrae, vacía los labios al del artista, y deja aquel sabor en mi boca. Solo puedo decir; “Jetz Like Me Puch, or however”…-antes, ya se hacía raro que no hubiera dicho algo en Inglés.

Pero todo sigue allí, el universo y sus 6.700 millones de personas esperando, anhelando, por no decir buscando algo mejor. Por ahora tengo 51 razones para pensar en el silencio que hay entre Mick Jagger, y el “Che”, y así, encontrar cada una de aquellas razones lógicas que los conectaran por toda la eternidad.

Posiblemente empiezo a padecer este letargo, y mientras mis manos escriben cada vez más lento, comienzo a olvidarme que este silencio tiene un sentido. Igual, el silencio no es tal, sin el tiempo. Ese síndrome comienza crear la desesperanza en mí, el tiempo se ensancha, y dice ¡!oye¡ -tal vez todo tiempo pasado si fue mejor! Todo esto ahora se hace más natural.

Podría ser esta otra lección de vida, una no tan cómoda, una que me hiciera sentir incómodo en medio de la noche, y tener que repetir a misma canción de Sabina para recordar que sigo allí. No es otra razón, una que quizás termino repitiendo por placer, -- para sentir que aún tengo el poder, el poder de explicar el mundo y organizarlo de tal manera que sienta que ese también es mi mundo.

Sigue allí, pero ahora es inevitable. Es silencioso, tanto que podrías hacerme sentir mal en medio del desayuno, o en el momento que decida tomar el autobús. Porque me recordarás lo efímero que soy, lo intrascendente y poco importante que podría llegar a ser si no estuviera aquí. Igual, eres silencio, y yo aún dudo que sea.

Dime si cambiar lo que necesito, y luego disparar hacia el cielo mi mente. Un ácido, que irrumpa en tus faldas, en tu piel, en tus pantalones para volverme a recordar aquel libro. El Silencio no era tan vacío en aquel entonces. Cuando el Quijote decidió liberar los presos, en su No Ser se configuraba toda una teoría política, una visión de su mundo.

Ahora ya no se si es igual. Pero no parece tan fácil encontrar ese silencio que más diga, bueno que te insinúe, porque si lo dice, solo hará ruido. De todas maneras, debe ser silencioso. No tan abrumador, ni letal que te deje postrado en tu silla sin querer hacer nada, pero si leve y sutil con tal atino que permita tu referencialidad entre tantas voces.

Alejandro Jiménez Schroeder
Director Lapislázuli Periódico

 

 
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