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Tras la pista de la raza en el color de las letras

Hace 517 años aconteció uno de los eventos más recordados y que ha tenido mayor impacto en la historia de la Humanidad. Se dice que la madrugada del 12 de Octubre de 1492, se escucharía desde la embarcación española La Pinta el famoso grito “¡Tierra a la vista!”, cuando el tripulante Rodrigo de Triana divisaba a lo lejos la isla de Guanahani, lugar de origen de los Taino, quienes al igual que el resto de los habitantes de este Nuevo Mundo fueron llamados indios.

La importancia de esta fecha no sólo se encuentra en la conmemoración del Descubrimiento de América y el encuentro de dos mundos: el 12 de Octubre es también el reconocimiento de la diversidad de razas como los aportes que los distintos pueblos han hecho a la humanidad.


Sin embargo, frente a este reconocimiento de la diversidad, la noción de raza ha originado heridas incurables en las distintas sociedades que habitan el planeta, pues es además una noción que trae en sí grandes dificultades cuando nos enfrentamos a la diversidad cultural; especialmente al tener en cuenta que existen muchas más culturas que razas humanas. Estas dificultades se deben principalmente a la confusión existente entre las producciones de las culturas humanas con las razas biológicas (suponiendo la objetividad de su existencia) bajo las que fueron agrupadas las sociedades: amarilla, negra y blanca. Situación que en su grado más oscuro degenera en la legitimación de tentativas de discriminación y explotación.

Una mirada de la diversidad cultural y la existencia de las razas nos lleva a considerar la noción de humanidad bajo una perspectiva antropológica, pues durante la mayor parte de la historia de la humanidad, esta noción que engloba sin distinción de raza o de civilización, todas las formas de la especie humana, parece estar totalmente ausente, es decir, su aparición es muy tardía y de expansión limitada. Para las múltiples sociedades que comparten un tiempo pero se distribuyen en el espacio, o aquellas que se suceden en el tiempo, la humanidad ha cesado en los límites de lo conocido, de la tribu, el grupo lingüístico, y a veces del pueblo, hasta tal punto que el nombre con el que se autodenominan significa los “hombres”, implicando así, que los otros grupos no participan de las virtudes o incluso de la naturaleza humana; esto es lo que se conoce como etnocentrismo y reposa en la actitud con la que cada sociedad tiende a repudiar pura y simplemente las formas culturales que estén más alejadas de aquellas con las que se identifica. De modo que todo aquello que está fuera de la Grecia antigua, pero así mismo de las pretéritas sociedades de América, mejor dicho fuera de la Cultura, es considerado parte del mundo de la barbarie, de los salvajes o incluso del mundo de los fantasmas.

En esta doble tendencia donde, por un lado se establecen las insalvables diferencias existentes entre las culturas, manifiestas en la condena de otras formas culturales: morales, religiosas, sociales y estéticas con que una sociedad tropieza, y por el otro, la unificación de las sociedades bajo una misma noción de humanidad, tienen lugar las grandes declaraciones de los derechos humanos, volviendo a la humanidad una misma e idéntica, que tiene un desarrollo único y se realiza progresivamente pues se parte de un mismo punto y se dirige hacia un mismo objetivo.

La dificultad que se impone es la tendencia de suprimir la diversidad de culturas, al resistirse a reconocerlas plenamente y orientar los destinos de los pueblos a través de un conjunto de valores culturales particulares, estableciendo una humanidad abstracta y olvidando que el ser humano realiza su naturaleza al interior de las culturas tradicionales dentro de contextos definidos en el espacio y el tiempo; de modo que desaparece entonces el hecho de que las culturas humanas no difieren entre ellas de igual forma, ni en el mismo plano.

De manera que se nos imprime una gran necesidad por tener mayor conciencia sobre el significado del día de la Raza, en la que promovamos una revaloración de la diversidad cultural ligada a circunstancias geográficas, históricas y sociológicas, más que a factores derivados de aspectos biológicos; revaloración del significado de la diferencia en un mundo globalizado, donde parece primar la homogeneización de los pueblos, pero donde muy al contrario, en el seno de cada sociedad y en todos los grupos que la constituyen cotidianamente se plantea el problema de la diversidad.

Las sociedades humanas no están ni han estado jamás solas, es una situación aplicable en todo el planeta, a lo mucho se pueden mencionar grupos o bloques separados, como fue el caso de la América precolombina, donde la diferencia exhibida por sus habitantes no se genera única y necesariamente por la lejanía espacial; la diversidad cultural es resultado del mismo deseo de las sociedades de oponerse unas a otras, de distinguirse, de ser ellas mismas, en los continuos y constantes contactos directos o indirectos que se establecen entre las sociedades.
Manuel Jiménez Schröder


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